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El Durazno


Cuando Juan y María se vieron esa noche todo era igual que siempre, no había signos de que algo inusitado pudiera suceder. Lo acostumbrado sí: la complicidad y la buena fe que había en el ambiente vaticinaban una buena noche. Nada nuevo bajo el sol, esos dos sintieron desde el primer momento una casi completa resonancia del uno en el otro. 

Y como tantas veces, comenzaron la velada hablando de conocidos mutuos, luego pasaron a contarse los últimos sucesos relevantes de sus vidas, mezclados con reflexiones y comentarios que más de una vez provocaron carcajadas. 

Cuando se dieron cuenta era tarde… muy tarde. Los dos comenzaron a bostezar alternativamente hasta que María invitó con toda sencillez:

-Vamos a dormir, ¿quieres?

Y Juan contestó con aparente naturalidad:

-Pues sí… sería buena idea…

Juan comenzó a quitarse la ropa y en un dos por tres estaba metido desnudo entre las sábanas. No tuvo más que desabrochar su cinturón y saltar fuera de las piernas del pantalón, mientras con la mano sostenía dentro de él sus boxers. Luego se sacó la camisa por el cuello, sin desabrochar los botones, y así estuvo listo en 10 segundos para entrar al refugio fresco de las sábanas.

María se tardó más, como era su costumbre. Mientras hacía sus preparativos para meterse a la cama parloteaba en voz alta con Juan, que la veía aparecer y desaparecer por el pasillo de entrada a su recámara. De repente salía del baño con un pañuelo desechable en la mano y un ojo despintado, para volver a desaparecer tras comentar algo chusco. Juan era paciente, ya había estado en esa misma situación alguna vez. La María que la gente conocía se iba desdibujando conforme ella removía su maquillaje y peinaba su pelo hacia atrás, para ir dando paso a la María que más apreciaba Juan: la de cara lavada. Era como si fuera recobrándose a sí misma mientras se alejaba de su “look de calle”. 

Iban ya por la quinta o sexta vez que podían comentar algo de cerca (cuando María guardaba sus aretes o hurgaba en el cajón del tocador para encontrar su crema de párpados) y Juan seguía tranquilo, sabiendo que a ella le faltaban ya pocos ires y venires para alcanzarlo en la cama. Cuando María le preguntó si quería alguna última cosa de la cocina, él supo que estaba presenciando la vuelta final. Contestó con un cortés y distraído –No, gracias… - mientras intentaba despabilarse lo suficiente para esperarla despierto. 

-Entonces ya nada más bajo por agua- dijo ella. Y también como de costumbre, a su regreso no era sólo agua lo que traía. Esta vez era un durazno redondo y pesado que hizo que a Juan se le aguara la boca. María lo dejó en la mesita mientras de un solo movimiento se quitaba su camiseta larga que hacía las veces de bata, y por un momento a Juan se le presentó la vista de su cuerpo totalmente desnudo, los senos llenos y pesados como el durazno, la piel blanca y mullida de su estómago y sus manos que trataban sin éxito de taparse un poco, mientras jalaba los cobertores y se metía entre las sábanas. 

María vio a Juan y ambos sonrieron. Luego, como si estar juntos y desnudos bajo las mismas cobijas fuera lo más común del mundo, ambos se encogieron un poco de hombros, se acomodaron un poco de lado y reanudaron su conversación alegre e intrascendente. Luego María estiró la mano y tomó el durazno… 

-¿Seguro que no quieres?- dijo, dándole a la fruta la primera mordida. 

-No…bueno, sí… una mordidita…- contestó Juan, tomando el durazno entre sus dedos largos y escogiendo con cuidado a continuación en qué punto exacto le encajaría los dientes, dejándole primero un hueco muy discreto y comenzando a hacerle un surco después, ante la mirada divertida de María, que prefirió voltear a otro lado para sofocar una risita. Luego dijo alguna frase desconectada para de ahí seguir hilando la charla, pues sabía que si no hablaban por dos segundos, Juan le regresaría el durazno. 

-Hace frío hoy- dijo María.

-Sí, un poquito más que ayer- contestó Juan.

-Se está bien aquí, tápate los hombros- dijo María, incorporándose un poco sobre su codo para jalar las cobijas y tapar a Juan por debajo de su barbilla.

-Gracias- dijo Juan.

-De nada- contestó ella, notando que él sostenía cómicamente el durazno asomándose apenas por el borde de las sábanas. Entonces él lo notó también, y ella supo que se lo regresaría. Hizo un cálculo de vista; estaba bien, ya se había comido la mitad. 

Juan sonrió, María sonrió también y alargó la mano para recibir la fruta, que acto seguido se llevó a la boca y detuvo entre sus dientes, sonriendo, para poder sostenerse en un brazo y con la mano libre apagar la luz de la mesita. El cuarto quedó en penumbras, iluminado sólo por la luna que entraba irreal a través de la ventana. Fue con esa luz que distinguió la línea blanca azulada de la sonrisa de Juan, que esperaba a que ella terminara de acomodarse para seguir conversando…

-¡Me gusta tu estilo, niña! ¡Nadie sostiene un durazno tanto tiempo como tú así en la boca sin que se le escurra el jugo por todos lados!

-¿Y quién te dijo que no se me escurrió?- contestó María riendo, alejándose la fruta un momento para luego pensarlo mejor y empujársela toda dentro de la boca, con dificultad, y tratar de terminársela cuanto antes para poder seguir hablando. Eso pensaba ella… pero de pronto sintió la mano de Juan que la atraía hacia sí del brazo, y la besaba con todo y su durazno, recorriendo las perlitas de sus dientes pequeños y afilados. Ella dejó caer la cabeza sobre la almohada y riendo y masticando todavía a como iba pudiendo, recibió los besos pensando en la delicia que era compartir así su cama, sus besos y sus duraznos. 

Juan se acercó más, sin dejar de besarla. María se apretó contra él, todavía sonriendo bajo los besos. Juan se apartó un momento y esperó tres segundos a que María entreabriera los labios. Luego tomó con cuidado el hueso del durazno ya sin pulpa del interior de su boca, arqueó teatralmente una ceja y después de aparentar revisarlo por todos los ángulos lo metió debajo de las almohadas en medio de los dos, lo que ocasionó nuevas risas de ambos. Luego se estrecharon y las risas fueron apagándose, sustituidas por largos suspiros y algunos susurros ininteligibles. No hubo palabras, nada había que pudieran decirse a las claras; nada, a fin de cuentas, que no fuera o ignorado o muy bien sabido en el fondo por los dos.   

La luna se escondió detrás de las nubes. Los detalles de sus rostros se desdibujaron en la oscuridad y en compensación los sentidos se aguzaron. De pronto ya no eran los niños jugando a la indiferencia, sino los seres esenciales despojados de ropas y vergüenzas, de roles aceptados y de límites tácitos. Juan y María eran entonces el Juan y la María de adentro, un par de semillas encontrando tierra fértil en el otro. Juan y María eran enredaderas, plantas trepadoras, manos y uñas y dientes y piel, poros, vellos, sístoles y diástoles, latidos en las sienes, fibras nerviosas y urgencias encontrándose, correspondiéndose, alimentándose y volviéndose a provocar. 


La luna subió en el cielo y luego volvió a bajar. La noche se hizo más oscura y después comenzó a clarear. El engranaje todo del universo siguió girando, inalterado. El engranaje todo de su pequeño universo siguió girando, nuevamente estimulado. Una mano encontró una cadera, un dedo encontró el hueco preciso que buscaba en un cuello. Un calor se guardó entre dos cuerpos enaltecidos, mórbidos y ágiles, lentos en su cadencia y ávidos en su búsqueda, tiernos en sus encuentros y auténticos, vitales y vulnerables dando y tomando el uno del otro.  

***

María quiso incorporarse pero no pudo. Aún medio dormida, percibió un peso y un calor agradable cubriéndole parcialmente el cuerpo y la cara, y entonces sonrió levemente. No podría moverse a menos que lo despertara. Pero era tan plácido sentirse así, envuelta en el calor y en la presencia tan evidente de Juan, que se relajó dispuesta a seguir durmiendo otro rato. Sentía un poco tirante la mejilla en donde Juan apoyaba la suya, totalmente dormido. Y sentía también los vellos de su barba incipiente clavándose en su propia piel, pero no era una sensación desagradable y eso la hizo sonreír un poco más, antes de volverse a sumergir en el sueño unos instantes. Entonces algo comenzó a sacarla gradualmente de la inconsciencia, algo como una claridad del otro lado de sus párpados cerrados, pero María no quería mirar. Quería perderse de nuevo en el sueño y así lo hizo. 

Un dedo en la mano de Juan comenzó a moverse apenas. Algo como una luz le hacía apretar los párpados en medio de su sueño y un rincón de su cerebro despertó a la conciencia. Estaba realmente a gusto… sintió el calor característico de otro cuerpo contra el suyo y oyó muy de cerca un suspiro que reconoció. Era María. Dormía con María. Sus comisuras se elevaron un segundo, al tiempo que decidió cerrar ese rincón consciente para perderse de nuevo en ese agradable letargo junto a ella. No era cuestión de seguirse moviendo para romper la magia… sabía que al despertar todo podía volver a ser sólo fraternalmente amistoso y quiso retardar más ese momento. Por lo pronto aspiró lentamente su aroma y se abandonó al bienestar. 

Pocos minutos después todo fue inútil… Juan se movió inquieto, despertando a María. Ambos abrieron los ojos a un tiempo, se sonrieron brevemente y en ese instante lo notaron: el haz de luz venía de afuera, de arriba de sus cabezas, de un hoyo en el techo a  través del cual el enorme tronco de un árbol se había abierto paso. Era un árbol de durazno, un imponente árbol de durazno que nacía de entre sus almohadas y que extendía sus ramas, majestuoso y cargado de fruta, saludando al nuevo día. 

 



 
 De noche en el bosque
 

...Ella se dejó guiar de su mano que se sentía firme y caliente sosteniendo la suya. Sentía el corazón retumbándole enloquecido en el pecho, y era como si su corazón provocara todos sus temblores. Volteó a verlo y le sonrió, nerviosa. Hubo en ella un segundo de duda pero al mirar su rojo reflejo en esos ojos siempre atemorizantes pero ahora dulces y vidriosos de excitación, esa duda se le deslizó como una capa cayéndose de sus hombros. Por entre los árboles un rayo de luna se coló, matizándole de azul la cara y aumentando el brillo de la humedad en sus labios. Entonces Caperucita aulló, anunciando su entrega, vaticinando su transformación radical e inminente...

 


Beso carmín

 

A veces llega y muerde... y no se conforma con hacerlo. Llega para quedarse... hasta arrancar el pedazo por completo... Otras veces se queda en pausa con la boca abierta, con la intención suspendida en el aire, porque sabe que si cierra no volverá a abrir hasta que la tibieza y la humedad le anuncien que sus dientes hicieron lo que mejor hacen aparte de brillar en el momento inmediato anterior: perforar... traspasar... hender... a menudo se deleita subiendo y bajando por el diapasón de los tonos medios... apretando un poco y soltando, apretando un poco más hasta casi llegar a la intensidad del no retorno y, jugándosela, sostener la presión ahí, hasta el primer gemido, hasta el último milésimo de segundo... para soltar luego, jugando como quien besa, pero sabiendo que este juego es mucho más peligroso... 


Y así, juega conmigo como un gato con una bola de estambre, hundiendo sus garras y sacándolas luego sin extender, rasgándome dentro, ahogándome en un mar de espasmos de dolor y placer, rojos y silenciosos… Pasmos gloriosos de la conciencia perdida en las sensaciones. 


Mi voluntad ya no existe, o si existe está exquisita y fatalmente condenada, subyugada, subordinada a los movimientos de esa boca, de esos dientes que me anulan y aniquilan, que me envían al más sublime de los infiernos… que me postran en este anhelo agónico de más… más… más… Mi alma pide más de rodillas, mi propia boca se abre de deseo y no sé si el hilo mojado y caliente brota de mi garganta o de mi centro. No importa, quiero más. 

Y quiero más de su carne, quiero beber de su rojo cáliz, reflejarme en la superficie del infinito negro de su mirada, helarme la sangre con su aliento y hender, y rasgar, y bebérmelo hasta hartarme… pero él lo anticipa, siente mi urgencia en el cambio de mi pulso, en la vehemencia de mi fuerza y me aprieta, me disloca, me tuerce y me subyuga de nuevo, aprieta la mordida y balbucea una amenaza entre hilos de sangre, luego dice lentamente que ya vendrá mi turno. 

¡Ay, amor, amor que arrasas, que quemas, desesperas! Nos has condenado a vivir así, mendigándonos a mordidas mendrugos tuyos… En el único lenguaje que hablamos… los vampiros…

 


Deshielo 2007

El dos y el siete suman nueve...
sí, suena a tiempo conveniente.
Vengo saliendo de un largo entierro
de un lento y crudo invierno magestuoso
salvaje, inclemente y magnánimo a la vez.
Tengo una gran nochebuena en el pecho.
La siento palpitar con nueva savia,
crecer y estirar sus hojas,
esperando el momento de salir a la luz
roja como mi sangre y mis latidos.
Vengo estirando los tallos,
desdoblándome poco a poco.
El corazón está listo,
los brazos están listos,
las manos y los labios están listos.
Dejé descansar las preguntas,
los análisis de virgo. Hoy,
siento.
Vivo.
Palpito.
Tiemblo.
Anticipo.
Espero.
Suspiro.
Y desdoblo mis tallos poco a poco,
buscando los primeros rayos de sol.
Llega el momento,
lo siento en mi savia y en mis nervaduras.
Voy abriéndome, como flor nueva. 

 


Escindida


Raro...
como en casa de espejos,
como en distintos planos, en verdad...
cual si parte de mí fuera adelante,
cumpliendo con lo que me propongo hacer,
pero otra parte mía se quedara rezagada,
buscando atrás lo que echa de menos,
retrasando la marcha... 
Estirando, partiéndome en dos
y reintegrándome,
aunque no del todo o no todo el tiempo...
viendo en el reloj que ya pasaron horas,
sabiendo de hace horas que tú no llegarás,
te busco en los pilares, a la vuelta,
porque mi mente dice: no está;
pero mi corazón dice: quieta y tal vez aparece
escondido en esa esquina... 
En mitades a ratos, en tres partes después,
dejando marcas en el piso por si pasas y las miras,
pastoreando pedacitos para que logren llegar
juntos al momento de despedir el día,
así estoy yo cuando no estás,
así estoy yo...
escindida.